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Laura García Beltrán. Psiòloga de CREIX Barcelona. Especialista en Terapia Breve Estratégica y Coah.

Es difícil entender la medida justa de las cosas. El equilibrio perfecto.  Resulta tan complicado que la mayoría de las personas habitualmente se mueven hacia los extremos. Generalmente llevados por la clásica enseñanza de que las cosas tienen que ser negras o blancas. De hecho, suele ser una frase casi de cajón en las conversaciones entre amigos, en el trabajo y con la familia. “Yo soy de  blancos o negros”. Sin embargo, ¿qué cosas en la vida de las personas son exclusivamente blancas o negras? Yo diría que ninguna.

La adolescencia es el ejemplo perfecto de que existe una bonita gama de grises. Los adultos, especialmente los que están más vinculados a los chicos, generalmente les piden un blanco o negro: “O eres niño o eres adulto”. La respuesta es imposible. Los chicos que entran en la adolescencia han dejado de ser niños, pero todavía no se han convertido en adultos.

Las hormonas comienzan su intenso trabajo. El cuerpo,  de repente, empieza a transformarse. La mente experimenta un gran desorden, ya no sabe como comportarse. El deseo sexual se despierta y no hay muchas herramientas para saber gestionarlo. Aparecen muchos sueños de futuro y proyectos nuevos cada día. Se despierta una curiosidad por descubrir cosas, por conocer el mundo. Asimismo, la identidad adquiere un sentido especial. Están buscando constantemente quiénes son y hacia dónde van.

Por un lado, siguen siendo los niños de siempre. Tienen miedos. Especialmente a crecer,  a no saber cómo comportarse en situaciones nuevas. A los fracasos,  sobre todo con el sexo opuesto.  Tienen miedo de no pertenecer a algo, de no formar parte de un grupo. Por otra parte, comienzan las responsabilidades de ser adultos. Deben responder en primera persona por sus estudios. Ya no es culpa de mamá y papá que los deberes no estén hechos y que haya malas notas al final de curso. Poco a poco empieza a haber más autonomía, más responsabilidades. Desde coger el transporte público sin ningún “adulto”, hasta asumir su sexualidad de forma comprometida. De esta forma, la vida adquiere otro sentido. Hay mucha información nueva para procesar. Nuevos estímulos. Diferentes preocupaciones. Es una época preciosa, de muchísima creatividad, pero al mismo tiempo de una gran confusión.

Desafortunadamente, en muchas ocasiones los padres y profesores, movidos por su  mejor intención,  no ayudan mucho a los chicos a orientarse. Por un lado les piden más autonomía. Por el otro, les dicen cómo deben comportarse todo el tiempo. Les señalan que deben resolver sus propios problemas. Sin embargo, en el día a día solucionan continuamente  sus dificultades, sobreprotegiéndoles. En otras palabras, eliminan todos los obstáculos del camino para que no sufran, para que no vivan frustraciones y tristezas.

Las consecuencias son nefastas. Los chicos crecen con inseguridades, se aíslan de sus compañeros, se sienten perdidos y fuera de lugar. Según los adultos, deberían ser o blanco o negro. Pero ellos se sienten como un gris. No tienen herramientas para afrontar las frustraciones, los problemas, las dificultades del camino. ¿Cómo las van a tener? Todos a su alrededor se han encargado de suprimirlas para que no sufran, para que no lloren.  En el colegio, la labor de los profesores es cada vez más difícil. Cuando se intenta poner límites al adolescente, los padres no tardan en poner el grito en el cielo. Así se obtiene una de las más grandes paradojas del mundo actual. Cuanto más les protegemos, más les incapacitamos.  ¿Por qué tenemos tanto miedo de que se enfrenten a la vida?

Obviamente, tampoco se trata de dejarles solos. De no servirles de guía y orientarles en sus dificultades. Ellos necesitan figuras de referencia, modelos a seguir. Y a su vez, necesitan equivocarse,  caer y volver a levantarse por sí mismos. Saber que a pesar de que son jóvenes e inexpertos, tienen las capacidades suficientes para salir adelante. Con ayuda de los adultos, pero no siendo remplazados por ellos.

Así que lo que propongo es empezar a pensar menos en el blanco y en el negro. La vida está llena de matices. Llena de gamas de grises. Eso es lo que la hace tan apasionante y divertida. Hay reglas básicas de cada familia que se deben respetar. Hay otras que se pueden negociar. A su vez, existen detalles de la vida cotidiana que ellos pueden empezar a elegir por sí mismos, como el deporte que quieren practicar o la ropa que les gusta más usar.

No se convertirán en adultos si no se les da la oportunidad de serlo. Y, sobre todo, ellos deben descubrir su camino poco a poco. Es un proceso largo. Sólo podrán descubrir qué quieren equivocándose y volviéndolo a intentar las veces que sea necesario. Peter Cameron, un gran novelista norteamericano en uno de sus libros decía algo que me gustó mucho. “Es demasiado sencillo vivir sin complicaciones. Quienes solo han tenido buenas experiencias no son muy interesantes”.